Laburo, un relato de ficcion

quinfio

Cinco y media de la mañana, el sonido de una alarma retumba por las paredes de un diminuto cuarto. Lánguido y aturdido el cuerpo cobra vida a regañadientes mientras adormecido y atolondrado se soba la cara al contemplar el agobiante deber que tiene ante sí. Obediente aquel ente procede a acicalarse, librarse de la pestilencia que lo acompaña y A paso de tortuga su cuerpo marcha en dirección al baño. Flácido, adormecido cada miembro de su cuerpo aparenta perecer con excepción del falo que erecto, brotado y exaltado ha de negarse a achicarse. Una rutina matutina y mundana, que al repetirse día tras día se asemeja a un ciclo interminable.

 

Despabilado una vez fuera de su madriguera corre en busca de un aventón, un bus lleno de semejantes asalariados en dirección a su labor. ‘En route’ El viento frio de la madrugada acaricia sus mejillas mientras de sus ojos migran frías y emotivas lágrimas producto del ventarrón.

Desorientado aquel ser mira hacia los lados. La gente se apiña y mueve al compás de la maquinaria, frotándose unos con otros. Agrupados intercambian el aliento, y en ocasiones flatulencias mientras aquel ser en un costado mira aquella escena como cual obra de arte ante sí expuesta. Fascinado observa como la mayoría fruncen el ceño aun así dejándose llevar por la sinfonía de una carrocería destartalada. Unos a otros se acoplan como cual llave a su respectiva cerradura, y al compás de la tonada, el agreste tecno de la carretera destapada, saltan de arriba a abajo.

 

 

Al llegar alivianado, tras tan edificante traslado, en el trabajo sus compañeros claman su presencia mientras aquel tan solo se libra de sus prendas. Uniformado, no desnudo obviamente, se resigna a trabajar, a seguir la receta al pie de la letra, y a producir para alimentar el ansía voraz del impaciente comensal.

 

Al final de la jornada dicho yace agobiadamente cansado, sudado y ensimismado. Orgulloso de su trabajo, y afortunado de convivir con los compañeros de ocupación, Aquellos que entre risas, gritos, sudor, música y mucha laburo sopesan la penuria de tan extenuante trabajo. Juntos, como hermanos, miembros de la causa, salen de su jaula a descansar para al siguiente día volver a empezar. Entre besos, caricias y abrazos, no tan solo un suerte o hasta nunca, se despiden los camaradas, y así su camino emprenden hacia sus moradas

 

La tarde se desvanece paulatinamente mientras el ocaso deslumbra y apacigua el cansancio de aquel frenético día. En la distancia  el bus desolado pasa por la colina y desaparece en la lejanía augurando el término de tan solo otro día.

 

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